domingo, 22 de julio de 2012

Vulcania

Vulcania, el límite entre la piel y la locura.

El tren está atestado de gente. Es una oportunidad para varias cosas  fuera de  la ley. Cosas que nadie creería de él, porque  es un muchacho tan respetable y serio que jamás le faltaría el respeto a nadie. Pero esto no es una cuestión de respeto. Es una cuestión de conquista, y en eso había que admitir que Pier era un experto. Su secreto consistía en ubicarse en un punto estratégico del vagón y localizar su blanco. Alguna colegiala de uniforme católico, por lo general: último año, mocasines, zoquetes  hasta los tobillos, medias de seda, falda tableada y volátil, camisa blanca traslúcida, ropa interior o deportiva o sexy. En este caso, la elegida dejaba ver casi con descaro una tanga negra entre sus piernas recién depiladas y abiertas, con ánimo de llamar la atención: una pequeña zorrita.
El asiento de enfrente se desocupa y Pier lo aprovecha, veloz como el rayo. La chica todavía no lo ve, mira a través del cristal de la ventanilla y escucha música con su mp3, sólo se percata de su presencia al sentir el calor del roce de su pierna en la pantorrilla. Pier se quita los lentes de sol, dejando ver unos ojos azules  intensos e ineludibles. Clava su mirada en los pechos de la joven por más de diez  segundos. La chica sin nombre se cruza de piernas, le devuelve la mirada y suelta un botón de su camisa. Tal como lo suponía Pier, la niña tiene muy poco de niña y mucho de bailarina de cabaret. Se incorpora y abre la ventanilla, dejando que el viento le refresque el rostro y recorra su torso por entre  su apretada curvatura pectoral. Casi es hora de bajar, pero lo piensa mejor y decide que va a empezar esa noche de viernes sin pasar por casa. Se da vuelta y se pone a revisar su bolso, sin importarle que  la brisa le levante por completo la falda. Bajo el pantalón de Pier, el miembro viril se erecta sin disimulo. Veinte centímetros de buena carne quieren un poco de acción y no aceptarán un no por respuesta. La técnica es clásica: un libro que se cae y un acto de caballerosidad disfrazada de ardor erótico. La mujer permanece inmóvil respirando agitada, sintiendo cómo el contacto con ese macho cabrío hace que  sus pezones le ardan. Sin saludarse siquiera, se toman de la mano y se dirigen hacia la puerta del tren. Ella se sienta sobre el pasamanos inferior y atrae a Pier hacia sí, soltando el botón de su saco, no para ocultar la ya evidente erección sino para hacer que  se supere: deja la cartera en el piso y sube del caño al respaldo y con su rodilla derecha acaricia el miembro duro y caliente. Pier apoya las manos en el respaldo y pasa su lengua en el cuello de la chica que mueve  sus piernas rítmicamente. El hotel más cercano está pasando la próxima estación. Casi no pueden esperar. La bragueta estalla cuando la mujer baja y el sonrosado glande logra acariciar el clítoris que sobresale por entre el satén y el encaje color azabache. La puerta se abre y corren desde la estación al alojamiento sin soltarse de la mano. Se registran en la habitación y suben por el ascensor. Las caricias suben de tono, las manos se descontrolan y buscan los centros de  placer. La puerta de la suite está abierta. Pasan y la cierran de un golpe. Ella le echa los brazos al cuello y las piernas a la cintura. El ansioso pene se mueve hacia la vagina lubricada y resbalosa una, otra y otra vez. Pier la detiene y la arrodilla en el piso, la toma de los cabellos y espera a que ella comprenda su pedido, demasiado obvio. El miembro llega hasta la garganta, la lengua se sacude hasta que los gemidos se dejan oír… una catarata de semen se derrama sobre la alfombra, la cara y los pechos de la joven, que termina de quitarse la ropa y bebe una copa de champagne. Pier se recupera y va junto a ella a servirse bebida con una mano y agitar el clítoris de su ocasional amante con la otra, aún tiene puestos saco, camisa y corbata. Como lo sospechara, la muchacha es bailarina, ya que alza su pierna delgada y perfecta y con los dedos de los pies retira la  primera prenda. Ahí mismo nuevamente se deja penetrar hasta volverlo loco… pero se detiene y él toma venganza. La empuja sobre la cama, le separa las piernas  y se deshace de la camisa y la corbata. Baja la cabeza y contempla el panorama. Los ojos de la chica destellan anticipándose  al climax por venir. La lengua de Pier, metódicamente recorre la ingle de la mujer, hasta que se pone impaciente. Le sonríe y va al punto, al orgasmo profundo, paulatino, largo y más intenso que ella jamás antes había experimentado: grita, se retuerce y llora de puro placer. Siente que le falta el  aire, pero no lo detiene, resiste, hasta que él se retira. Cuando la respiración vuelve a la normalidad, Pier ya no está en la suite. Ha desparecido sin dejar más rastro  que su semilla desperdiciada en un preservativo al costado del lecho.

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