Vulcania, el límite entre la piel y la locura.
El tren está atestado de gente. Es una oportunidad
para varias cosas fuera de la ley. Cosas que nadie creería de él,
porque es un muchacho tan respetable y
serio que jamás le faltaría el respeto a nadie. Pero esto no es una cuestión de
respeto. Es una cuestión de conquista, y en eso había que admitir que Pier era
un experto. Su secreto consistía en ubicarse en un punto estratégico del vagón
y localizar su blanco. Alguna colegiala de uniforme católico, por lo general:
último año, mocasines, zoquetes hasta
los tobillos, medias de seda, falda tableada y volátil, camisa blanca
traslúcida, ropa interior o deportiva o sexy. En este caso, la elegida dejaba
ver casi con descaro una tanga negra entre sus piernas recién depiladas y
abiertas, con ánimo de llamar la atención: una pequeña zorrita.
El asiento de enfrente se desocupa y Pier lo
aprovecha, veloz como el rayo. La chica todavía no lo ve, mira a través del
cristal de la ventanilla y escucha música con su mp3, sólo se percata de su
presencia al sentir el calor del roce de su pierna en la pantorrilla. Pier se
quita los lentes de sol, dejando ver unos ojos azules intensos e ineludibles. Clava su mirada en
los pechos de la joven por más de diez
segundos. La chica sin nombre se cruza de piernas, le devuelve la mirada
y suelta un botón de su camisa. Tal como lo suponía Pier, la niña tiene muy
poco de niña y mucho de bailarina de cabaret. Se incorpora y abre la
ventanilla, dejando que el viento le refresque el rostro y recorra su torso por
entre su apretada curvatura pectoral.
Casi es hora de bajar, pero lo piensa mejor y decide que va a empezar esa noche
de viernes sin pasar por casa. Se da vuelta y se pone a revisar su bolso, sin
importarle que la brisa le levante por
completo la falda. Bajo el pantalón de Pier, el miembro viril se erecta sin
disimulo. Veinte centímetros de buena carne quieren un poco de acción y no
aceptarán un no por respuesta. La técnica es clásica: un libro que se cae y un
acto de caballerosidad disfrazada de ardor erótico. La mujer permanece inmóvil
respirando agitada, sintiendo cómo el contacto con ese macho cabrío hace
que sus pezones le ardan. Sin saludarse
siquiera, se toman de la mano y se dirigen hacia la puerta del tren. Ella se
sienta sobre el pasamanos inferior y atrae a Pier hacia sí, soltando el botón
de su saco, no para ocultar la ya evidente erección sino para hacer que se supere: deja la cartera en el piso y sube
del caño al respaldo y con su rodilla derecha acaricia el miembro duro y caliente.
Pier apoya las manos en el respaldo y pasa su lengua en el cuello de la chica
que mueve sus piernas rítmicamente. El
hotel más cercano está pasando la próxima estación. Casi no pueden esperar. La
bragueta estalla cuando la mujer baja y el sonrosado glande logra acariciar el
clítoris que sobresale por entre el satén y el encaje color azabache. La puerta
se abre y corren desde la estación al alojamiento sin soltarse de la mano. Se
registran en la habitación y suben por el ascensor. Las caricias suben de tono,
las manos se descontrolan y buscan los centros de placer. La puerta de la suite está abierta.
Pasan y la cierran de un golpe. Ella le echa los brazos al cuello y las piernas
a la cintura. El ansioso pene se mueve hacia la vagina lubricada y resbalosa
una, otra y otra vez. Pier la detiene y la arrodilla en el piso, la toma de los
cabellos y espera a que ella comprenda su pedido, demasiado obvio. El miembro
llega hasta la garganta, la lengua se sacude hasta que los gemidos se dejan
oír… una catarata de semen se derrama sobre la alfombra, la cara y los pechos
de la joven, que termina de quitarse la ropa y bebe una copa de champagne. Pier
se recupera y va junto a ella a servirse bebida con una mano y agitar el
clítoris de su ocasional amante con la otra, aún tiene puestos saco, camisa y
corbata. Como lo sospechara, la muchacha es bailarina, ya que alza su pierna
delgada y perfecta y con los dedos de los pies retira la primera prenda. Ahí mismo nuevamente se deja
penetrar hasta volverlo loco… pero se detiene y él toma venganza. La empuja
sobre la cama, le separa las piernas y
se deshace de la camisa y la corbata. Baja la cabeza y contempla el panorama.
Los ojos de la chica destellan anticipándose
al climax por venir. La lengua de Pier, metódicamente recorre la ingle
de la mujer, hasta que se pone impaciente. Le sonríe y va al punto, al orgasmo
profundo, paulatino, largo y más intenso que ella jamás antes había
experimentado: grita, se retuerce y llora de puro placer. Siente que le falta
el aire, pero no lo detiene, resiste,
hasta que él se retira. Cuando la respiración vuelve a la normalidad, Pier ya
no está en la suite. Ha desparecido sin dejar más rastro que su semilla desperdiciada en un
preservativo al costado del lecho.